Memorias de un viaje al ártico con AstroÁndalus

Lunes 25 de septiembre. Mientras escribo estas palabras miro por la ventana del avión y veo alejarse lentamente la costa nórdica, acabamos de hacer nuestra escala en Oslo y ya vamos de camino a Madrid. Si miro hacia atrás veo a los ocho clientes que nos han acompañado en nuestra nueva edición del Tour Los Fuegos del Cielo… dormidos, somnolientos, agotados… sonrientes. Apenas hemos dormido un puñado de horas en nuestra última noche en Tromsø, porque el ártico nos tenía deparada una última sorpresa, pero ya hablaremos de eso.

Hace una semana que pusimos pie en un paisaje de ensueño, la otoñada ártica es algo imposible de imaginar, porque si algo casa bien con los infinitos bosques de abedules de hojas amarillas es la luz del atardecer de estas latitudes. Montañas y valles cubiertos densamente de árboles y arbustos amarillos iluminados por una luz cobriza de un Sol tímido que apenas levanta del horizonte, dan como resultado un paisaje dorado que parece bañado en oro, donde montañas imponentes despuntan con sus glaciares, donde vertiginosos fiordos y acantilados se desploman con sus cataratas sobre grupitos de casas de vivos colores, que muy coquetamente plantan cara a un paisaje escaso en luz.

Esto es el ártico, y ya en la misma puerta del aeropuerto las miradas de nuestro grupo se movían inquietas entre un paisaje desbordante. Los primeros días los pasamos en Tromsø, una pequeña ciudad (por llamarla ciudad) al norte del norte, viva, con gente, con mercados callejeros, con un puerto antaño epicentro de la exploración del Polo Norte y escala de balleneros, antigua isla poblada por vikingos. Entre montañas y cordilleras visitamos lagos tan tranquilos que parecían espejos de cristal, cataratas de aguas bravas y otras muchas cosas. Y si, viendo auroras boreales, pero de nuevo… ya hablaremos de eso.

El viaje que nos lleva hasta la Laponia finlandesa es sobrecogedor, al salir de Tromsø se transita una sucesión de valles encajonados, de circos glaciares, de lagunas, de cascadas, de bosques, de pequeñas agrupaciones de casas, hasta que de repente… la misma nada. Porque si una palabra puede describir Laponia es “nada”. No es que no haya nada, es que la pura nada es todo lo que hay. Acabo de escribir la frase anterior y estas siguientes palabras han tardado cinco minutos en volver a brotar, porque no hay forma de describir ese lugar, es imposible agarrar la mente y evitar que vuele hacia allí, hacia la “nada”, hacia donde el horizonte es infinito, hacia donde se extiende la desolación más hostil y hermosa que uno pueda imaginar, hacia donde por la carretera se cruzan continuamente grupos de renos, casi sorprendidos de ver esa línea de asfalto, al fin y al cabo es casi la única presencia humana en un páramo donde solo reina el silencio, el frío y el cielo.

Nos alojamos en unas pequeñas cabañas de madera en el único y minúsculo nucleo de población de la zona y desde allí disfrutamos de lentos y apacibles paseos entre los bosques dorados, de atardeceres infinitos a la orilla de un lago, de transitar carreteras desoladas en medio de indómitos paisajes que a cada curva te sobrecogían… y si, por las noches vimos auroras boreales… pero ya hablaremos de eso…

Los dos últimos días volvimos a Tromsø y visitamos varios parajes naturales más, islas de playas blancas con montañas árticas como telón de fondo, volvimos a pasear sin un horario fijo, siquiera con un rumbo fijo, incluso disfrutamos de una agradable tarde tomando el Sol en los confines de Noruega, donde el océano ártico rompe contra la costa.

Todo este relato nos pone en contexto de un viaje que ha sido idílico, con un grupo de viaje encantador y en un lugar sencillamente especial, único en este pequeño planeta de nuestro Sistema Solar. Solo por lo narrado con anterioridad el Tour Los Fuegos del Cielo es algo para recordar, pero la noche guarda un secreto a voces en el ártico, un secreto que se desvela primero con gracia y luego con esplendor: las auroras boreales.

Se que se recurre mucho a esta frase, a este tópico, pero ciertamente es uno de esos ejemplos en los que el lector puede tener claro que una foto jamás hará justicia a las sensaciones vividas. De hecho incluso las auroras se ven más verdes en las fotos que en la realidad, ya que las cámaras saturan los colores, pero lo que no puede captar la cámara es la sensación de ver estallar el cielo, de ver cortinas rajando el cielo por segundos, las sombras de los árboles sobre un suelo que literalmente se torna verde, no, no se puede captar con una cámara el silencio de las montañas mientras los Fuegos danzan sobre ellas, el bramido del viento sobre un mar calmo que refleja un río de llamas entre las estrellas, los remolinos que se forman y se disipan siquiera antes de que puedas encuadrar la foto, los destellos morados que aparecen y desaparecen como si fueran velos de cortinas movidos por el viento, tampoco se puede captar ni explicar la sensación de sentirte privilegiado de poder disfrutar de algo que parece un espectáculo diseñado para arrebatarte el alma.

Soy José Jiménez, de AstroAndalus, es la quinta vez que vengo a la caza de Los Fuegos del Cielo, soy apasionado de la fotografía y ayer sencillamente tuve que dejar la cámara a un lado, no servía de nada pelearse con los encuadres y los parámetros ante un cielo que se empeñaba en dejarnos boquiabiertos, que se lucía engalanado de color, que ponía y quitaba remolinos y tornados verdes en el cielo tan rápido que no daba tiempo a mover el trípode, no servía de nada, la actividad era tan brutalmente alta que no servía de nada intentar captarla. Así que solté la cámara, junté a todo el grupo y nos dimos un gran abrazo mientras gritábamos y saltábamos mirando un cielo literalmente en llamas sobre nuestras cabezas. Fue una noche impresionante. Pero no fue la única, las hemos visto entre montañas, entre lagos, a la orilla del mar… los Fuegos del Cielo bailaron para nosotros 5 de 7 noches.

Y aquí estoy, la ventana del avión sigue mostrando un paisaje de verdes campos allá abajo, entre las nubes. El grupo sigue distraído, durmiendo o comiendo algo, en apenas unas horas nos habremos separado, pero solo físicamente, porque un viaje así crea algo mucho más especial que una amistad.

Siguientes viajes en www.astroandalus.com

 

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5 comentarios en “Memorias de un viaje al ártico con AstroÁndalus”

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